Migrantes relatan su lucha por sobrevivir en el estado tras quedar atrapados en su camino hacia Estados Unidos
Por Mario Alberto Palacios
Las restricciones migratorias impuestas por el presidente Donald Trump han dejado a decenas de miles de migrantes varados en México, obligándolos a redefinir su futuro lejos de su destino original: Estados Unidos. Sin vivienda, empleo, dinero o acceso a servicios básicos, hombres, mujeres y familias enteras de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe recorren las calles de la zona metropolitana de Monterrey en busca de oportunidades o, al menos, de sobrevivir.
Algunos aún sueñan con cruzar la frontera. Otros comienzan a aceptar que su destino quizá se ha sellado en tierras mexicanas. Pero para todos, la realidad es la misma: enfrentar un país que no estaba en sus planes y adaptarse a una vida de incertidumbre.
Estas son las historias de tres migrantes cuyas vidas cambiaron radicalmente en su intento por alcanzar el llamado Sueño Americano.
UN VIAJE INFERNAL DESDE BRASIL
En menos de dos meses, Ailton Costa Brum pasó de la miseria en una favela de Río de Janeiro al infierno de cruzar México.
Este brasileño de 40 años dejó atrás a su esposa y tres hijos con la esperanza de encontrar un empleo en Estados Unidos y ofrecerles un mejor futuro. Aunque escapó de la violencia en su país, jamás imaginó lo que sufriría en su travesía, especialmente a manos de las autoridades mexicanas.
“Ahorré para viajar en avión desde Río de Janeiro hasta Guatemala y, desde ahí, crucé México a pie hasta llegar a Monclova, Coahuila, donde creí que moriría”.
A pesar de haber sorteado los peligros de las bandas criminales, el hambre, el frío y el agotamiento, el verdadero terror lo encontró en la ciudad coahuilense, cuando agentes de la Secretaría de Seguridad municipal lo detuvieron solo por escuchar que hablaba portugués.
“Me encañonaron, me robaron mi dinero, mis papeles y mi celular. Me dejaron solo con la ropa que traía puesta. Me amenazaron con violarme y matarme si denunciaba, y luego me abandonaron en la carretera rumbo a Monterrey”, dice con la mirada a punto de quebrarse en llanto.
Con diez días en la Sultana del Norte y sin un plan claro, Costa Brum aún mantiene la esperanza de llegar a Estados Unidos.
Soy la única esperanza de mi familia. En Río de Janeiro no hay futuro para nadie”, asegura.

CUATRO INTENTOS FALLIDOS DE CRUZAR
Diego Pineda, un hondureño de Tegucigalpa, podría imponer un récord en intentos de cruzar la frontera: cuatro en tres años. Ahora, varado en Monterrey, se prepara para intentarlo por quinta vez.
Desde hace un año, sobrevive en las calles de la ciudad junto a su esposa Carmen, ganando lo suficiente para comer día a día. Pero su mayor preocupación no es la pobreza, sino la posibilidad de que, si es detenido en su próximo intento de ingresar a Estados Unidos, ya no sea deportado a México ni a Guatemala, sino enviado directamente a prisión.
“Hice cosas malas la última vez. Ayudé a pasar gente por la frontera y me atraparon. Si me agarran de nuevo, me meterán a la cárcel por muchos años”
Confiesa, consciente de que el endurecimiento de las leyes migratorias estadounidenses podría hacer que enfrente una pena mayor.
Aun así, Pineda está dispuesto a correr el riesgo junto a su esposa.
“No tengo opción. Aquí tampoco hay trabajo para mí”
Eexplica mientras espera una nueva oportunidad para cruzar, al igual que muchos otros migrantes que encuentran refugio temporal en la Casa INDI.

UNA NUEVA TIERRA PARA VIVIR
Para Juan Carlos Hernández, su esposa Carmen y sus dos pequeñas hijas, la capital de Nuevo León se ha convertido en su segundo hogar tras abandonar su pueblo natal, Soloma Cortés, en Honduras.
Desde hace dos años viven en Monterrey. Carmen trabaja ocasionalmente como camarera o realizando limpieza en casas, mientras que Juan Carlos se desempeña como velador en un hotel o en cualquier otro empleo que logre conseguir.
“Tengo ya los papeles de residente aquí en México y mi mujer pronto los recibirá. Solo espero obtener mi RFC para acceder a un empleo formal con salario fijo y seguridad social. Hay que pagar la renta y las niñas llevan dos años sin ir a la escuela”, explica.
A diferencia de muchos otros migrantes, Juan Carlos ha dejado atrás su intención de llegar a Estados Unidos.
“Aquí ya estamos haciendo nuestra vida, ¿para qué arriesgarnos? Monterrey nos ofrece oportunidades que en Honduras no tendríamos”, afirma con convicción.

