Por Jorge Moreno
La Copa Mundial de la FIFA 2026 llega a Nuevo León como un shock económico relevante, pero por sí sola no garantiza un desarrollo sustentable. Las estimaciones de derrama económica varían ampliamente, reflejando que el impacto dependerá de cuánto gasto se retenga localmente y de cuánto se fugue a proveedores externos.
El mayor potencial de este evento para el estado radica en los beneficios de largo plazo en infraestructura. Inversiones en movilidad y servicios pueden generar impactos duraderos, siempre que eviten convertirse en proyectos subutilizados o con sobrecostos que comprometan las finanzas públicas.
En el corto plazo, turismo, hotelería y gastronomía serán beneficiarios de los miles de visitantes que llegarán. El reto está en asegurar un monitoreo eficaz que limite la informalidad, dado que este sector es de baja productividad y aporta poco en impuestos, reduciendo los recursos disponibles para retribuir la inversión pública.
El empleo también aumentará, aunque de forma temporal. Sin capacitación ni programas complementarios, el efecto será efímero. Más crítico aún es el tema de la seguridad: sin condiciones adecuadas, el flujo turístico y la derrama se debilitan.
El principal activo que este evento puede aportar a la región será reputacional: Nuevo León tendrá visibilidad global para atraer inversión y talento, o para alejarlos si la coyuntura no se gestiona con eficacia.
En conclusión, el Mundial no transforma por sí solo. Es una oportunidad condicionada cuya rentabilidad dependerá de la calidad y asertividad en la gestión de las políticas públicas que lo acompañen.
Jorge O. Moreno es doctor y maestro en Economía por la Universidad de Chicago. Actualmente es profesor e investigador de la Facultad de Economía de la UANL / jorge.o.moreno@gmail.com
