A simple vista, el Río Santa Catarina luce como un cauce seco, polvoso y sin vida. Muchos lo ignoran, otros lo subestiman. Pero ese tramo vacío que atraviesa Monterrey es mucho más que tierra sin agua: es un sistema natural silencioso que nos protege, nos equilibra y nos recuerda que la naturaleza no siempre hace ruido para ser valiosa.
No soy hidróloga, pero como perita ambiental he aprendido que este tipo de ríos intermitentes, estacionales, cumplen funciones fundamentales. El Santa Catarina es un vaso regulador natural: cuando llueve con fuerza, recibe y canaliza el agua que baja de la Sierra Madre y la transporta lejos de la ciudad. En tiempos de huracanes, ha evitado tragedias mayores. En tiempos secos, permanece expectante, como si supiera que su momento llegará.
Pero más allá de su papel hidráulico, este río es también un corredor ecológico. Su lecho conecta suelos, permite la infiltración, alberga vida silvestre y ofrece un respiro verde en medio de la urbanización acelerada. Es una cicatriz fértil en el mapa de la ciudad, una reserva de suelo natural que deberíamos cuidar como si fuera agua… porque, de hecho, lo es.
Ante las amenazas de urbanización, rellenos y usos no compatibles, urge reconocer al Río Santa Catarina como lo que es: una infraestructura natural viva. Su conservación no es un lujo, es una necesidad ambiental, social y técnica.
Protegerlo como Área Natural Estratégica o Sitio de Interés Ambiental no solo es sensato: es una deuda pendiente con la ciudad y con las futuras generaciones.
La protección de estos espacios requiere voluntad política, participación ciudadana y visión metropolitana. No se trata solo de conservar un río, sino de garantizar resiliencia urbana y justicia ecológica para Monterrey.
Ludivina Villanueva Alvizo es Perito Ambiental, Químico Farmacéutico Biólogo, licenciada en Derecho por la UANL y directora de Grupo DIECSA.
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