Foto: @realdonaldtrump
La captura de Nicolás Maduro reconfigura el tablero político venezolano, sin frenar narcotráfico ni resolver crisis económica y social persistente.
Por Staff
La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, durante la denominada Operación Determinación Absoluta ejecutada por fuerzas estadounidenses, fue presentada como un golpe decisivo contra el narcotráfico y la corrupción en Venezuela. Sin embargo, más allá del impacto mediático y geopolítico, la pregunta central es si este acontecimiento modificó de manera inmediata la realidad venezolana o si la crisis estructural del país siguió su curso.
La salida abrupta de Maduro generó un vacío institucional. El chavismo, debilitado, pero aún con presencia en las Fuerzas Armadas y en sectores populares, reaccionó con discursos de resistencia y denuncias de violación a la soberanía. La oposición, fragmentada durante años, intentó capitalizar el momento, pero la falta de unidad retrasó la conformación de un gobierno de transición. Venezuela quedó marcada por una tensión política e incertidumbre, con pugnas entre facciones internas.
ESTRUCTURAS CRIMINALES
Uno de los objetivos declarados de la operación fue frenar las redes de narcotráfico vinculadas al régimen. Sin embargo, las estructuras criminales no se desmantelaron de inmediato. Grupos armados y carteles locales mantuvieron operaciones en la frontera con Colombia y en rutas marítimas hacia el Caribe. La captura de Maduro debilitó la narrativa de protección estatal, pero no eliminó las dinámicas de un negocio transnacional que involucra múltiples actores. En otras palabras, el “narcoestado” perdió a su figura central, pero las redes siguieron funcionando, aunque bajo mayor presión internacional.
En el plano económico, la captura generó expectativas de apertura y normalización. Empresas energéticas observaron con cautela, conscientes de que Venezuela sigue siendo un país con vastas reservas de petróleo. Sin embargo, la falta de un liderazgo claro y la persistencia de sanciones internacionales impidieron una recuperación inmediata. La hiperinflación y la escasez continuaron afectando a la población, mientras millones de venezolanos en el exilio esperaban señales de estabilidad para considerar un retorno.
Socialmente, el impacto fue ambivalente. Para algunos sectores, la caída de Maduro representó esperanza de cambio; para otros, especialmente en zonas rurales y populares, significó incertidumbre y temor a una mayor represión o violencia. La migración hacia países vecinos no se detuvo, reflejando que la crisis humanitaria no se resolvió con la captura del líder.
EL MENSAJE
La operación estadounidense fue interpretada como un mensaje de fuerza en la región. Washington mostró disposición a actuar directamente contra líderes acusados de narcotráfico y violaciones de derechos humanos. Sin embargo, la comunidad internacional se dividió: mientras algunos gobiernos celebraron la acción como un paso hacia la democracia, otros la criticaron como una violación del derecho internacional. China y Rusia, aliados de Caracas, denunciaron la operación, aunque su capacidad de respuesta fue limitada.
La captura de Nicolás Maduro evidenció que la crisis venezolana es más profunda que la figura de un líder. El narcotráfico continuó operando, la economía siguió en colapso y la sociedad mantuvo sus fracturas. En lugar de un desenlace definitivo, el hecho abrió un nuevo capítulo de incertidumbre, donde la transición depende de la capacidad de las fuerzas internas y de la presión internacional para construir un futuro distinto.
